Al día siguiente, para mi sorpresa, volví a ver a la señora.
Estaba andando, pero esta vez, sin el maletín.
Ese día, también estaba lloviendo, pues siempre hacía malo.
Rápidamente, le dije a mi madre si podía salir.
Rechistando, me dejó, y seguí a la señora Dorothin.
Se dirigía hacia una fabrica de plástico que estaba fuera del barrio.
La gente la miraba con cara extrañada, por como vestía, pero a ella parecía no importarla.
Se metió en la fabrica. Había una ventana, por lo que decidí mirar por ella.
Dentro de la fábrica, había una máquina muy extraña.
Era de color marrón, de metal, y en su interior, parecía haber un asiento, de cuero negro.
Estaba cubierta por una capota de cristal, protegiendo el lujoso interior.
Al lado de los asientos, había una palanca, dorada también.
-Creo que ya sé de qué máquina estaban hablando.. Afirmé.
La señora, abrió la capota de cristal. y se metió dentro de la máquina, y, como por arte de magia, ¡desapareció! No lo podía creer.
-¿Se tratará de un truco de magia, y lo está practicando?- Pensaba.
Porque si no, no encontraba otra solución razonada para que pueda desaparecer así de repente.
Mientras, yo seguía pensando, y pensando, por qué había desaparecido, hasta que la señora volvió.
Salió de la máquina y dejó abierta la capota. Mientras, se quedaba observando la máquina, como si estuviera esperando a que pasara algo.
Y pasó. De repente, salieron de dos en dos, rápidamente, un montón de señores, vestidos como militares.
Me estaba empezando a asustar.
-Muy bien soldados. Me haréis caso a todo lo que os diga.-Dijo la señora.
-Si, señorita Dorothin.- Respondieron todos a la vez.
-Mis ordenes, son las que os indicaré.
Y cogió la pizarra que estaba a su lado.
Había un montón de planificaciones. Pero no lo podía ver bien.
- Es muy fácil. Lo único que tenéis que hacer es luchar contra todos lo habitantes de esta ciudad.
No me lo podía creer. ¿Sería verdad? Esos soldados iban a atacar nuestra ciudad.
- En poco tiempo acabaréis con esta ciudad, y cuando traigamos más soldados, acabaremos con el pais entero.
-Si señorita Dorothin.
Ya era demasiado, ¡¿Con el país entero?!
- Y ahora, ¡vamos soldados! A atacar a la ciudad.
Después de que la señora dijera esto, los soldados se dirigieron a la puerta.
Deberían de ser unos cien soldados.
Tenía que hacer algo, no iba a dejar que esos soldados y la señora esa, acabaran con nuestra ciudad.
Me fui corriendo a avisar a los habitantes, aunque no me creerían, e iban a pensar que estaba loca, pero en ese momento estaba tan asustada que no me dí cuenta.
Era demasiado raro para ser verdad.
Avisé a los habitantes, pero, no me creyeron.
Por lo menos lo había intentado. Dentro de poco, se iban a dar cuenta de que tenía razón.
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